Si las noches tuvieran vida diurna perderían el encanto de sus misterios. De sus leyendas e infortunios la oscuridad de la luna llena dejaría de ser ella. Pues ella, que solo la atisba a ver de vez en cuando, siempre anda callada, entre sus pensamientos, apartada del mundo, aunque consciente de su existencia. Deambula entre una tierra que no entiende, aunque no le importa demasiado. Solitaria, contenta de ser quien es, aunque triste por la caótica humanidad. Su corazón siempre llora, lagrima a lagrima, por los desesperados, por los sin amor. A la espera de que algún día pueda llenarlas de su generosidad y luz. Esa que se halla encerrada en su alma. Baúl de sus sentimientos e inquietudes más íntimas. Ella que siempre está allí. Ella que siempre vive en la búsqueda de ser y el misterio de su porqué. Ella que se refugia en la observación, la distancia… Y que encuentra el amor que es capaz de abrir la cerradura de su espíritu y que poco a poco consigue que ella fuera yo. La transformación de mi búsqueda se convierte en el ser completo, aquel que añoré desde que empecé a leer todo aquello que pudiera aportar una respuesta. Hoy puedo decir que me siento bien, que me encontré y espero no volverme a perder en ella, pues entonces sería mi muerte y tan solo quedaría esa parte tan superficial que tanto conozco de mí.
El narrador
15/02/2026
Página 36
La página que sigue a Sin título IV es: Diario de sueños.