Monologo

Esta es mi noche, la más especial del todo el año; junto a luna, que hoy por suerte está llena, se incendian las hogueras de San Juan. Es la bienvenida que los humanos damos al verano, en su día más corto y mágico desde que se tiene memoria. En mi tierra, los niños ya llevan un mes siendo más traviesos que de costumbre, dando vueltas por el pueblo pidiendo madera y cartones, para acumular en forma de una pequeña pirámide la pira que han inflamado hoy, para revolotear a su alrededor; donde suena la pirotecnia y los mayores van con ellos a visitar las demás fogatas del pueblo. Los mayores, en una mezcla de recuerdos y realidad, nos volvemos muy niños cuando acompañamos a nuestros hijos, la ilusión se contagia. Pero desde mi balcón veo que ya no existe ese solar vacío que en antaño ardía clandestinamente la hoguera, ahora los edificios ocupan su lugar y con él su memoria. En cambio: yo vuelo a los tiempos de la postguerra, la noche de San Juan de 1950.

         En aquella época había poco que quemar, los escasos recursos y el hambre revoloteaban por los hogares como dos moscardones. Se veían pequeñas hogueras, no sé si para desafiar al franquismo o para escapar de su dureza. Lo que sí que era legal era el baile que había organizado el ayuntamiento, el motivo de la fiesta era honrar a San Juan Bautista y por supuesto al día siguiente todos a misa. Aquellos años tenías que razonar muy bien los motivos de tus actos, y si el ayuntamiento lo organizaba, pues todos al baile. Todos los males se deshacían y un pequeño sol se cruzaba en nuestras míseras vidas, a pesar de que aún vivíamos rodeados de la destrucción de múltiples casas que habían caído en los bombardeos. El miedo era un habitante más en los hogares, era difícil de soportar, miradas esquivas, rencores, clandestinidad e incluso odio; familias enfrentadas, hermano contra hermano, hijo contra padre, vecino contra vecino, secretos, oscuridad…

         Esa noche salí a ver como ardían las hogueras…demasiado esfuerzo para unos niños tan débiles, pero vivían alegres, en sus caras se podía ver un futuro mucho mejor, que aquel deprimente presente o el odioso pasado vivido en España. Después de un paseo por el pueblo me detuve a admirar la noche, pero mis ojos cambiaron de dirección al oír el ruido del gentío… Fue cuando la vi. En ese momento era la muchacha más hermosa que había visto en mi vida, se dirigía junto a sus padres a la plaza mayor donde aquella noche se animaría con una orquesta el baile del pueblo. No sé el tiempo que estuve mirándola; la belleza de su cuerpo, sus curvas, sus ojos, sus cabellos y sobre todo su sonrisa, que iluminaba toda la calle. Era felicidad y mi corazón se contrajo, hacia demasiado tiempo que no la veía, ni la escuchaba, ni la olía. Antes de guerra ni tan solo me hubiera fijado, pero 11 años de días grises era como un despertar. Desapareció y me sobresalte, todavía era pronto para perderla. Me adentré en el baile y la busqué… mi corazón quería verla y mi alma la encontró.

          No sé cómo me atreví, por entonces las cosas eran diferentes, me acerqué a ella por detrás y le susurré “desde que te he visto ha sentido que el mundo es un paraíso y tú su reina, tus movimientos me hechizan, siento una invasión en mi corazón y creo que se encogería si me dijeras que no quieres bailar conmigo” Sus ojos brillaron de emoción y me contestó con un susurro “sí”.

         Aquella noche bailamos hasta que terminó la música y mientras pasaba, olvidamos la postguerra, el amor surgía entre las letras las canciones y el hechizo de San Juan veló en nuestros encuentros de un noviazgo de cuatro años. El día que nos casamos, entró en la iglesia con un tocado de flores naturales, que aún resaltaba más su exquisitez y esa noche, entre nervios, desnudamos nuestro amor. ¡Oh! Los años que le siguieron, al igual que todo el país, fue una lucha para conseguir una comodidad; una casa, el primer coche, tener algo de dinero en el banco, un trabajo fijo donde pasar cuarenta y cinco años de mi vida. Pero la verdadera felicidad la viví junto a Marisa y mis dos hijos, esperanzados, conseguimos que ellos tuvieran un buen hogar; donde educarlos, amarlos, vivir… Y seguimos la lucha y sin darnos cuenta; nuestros hijos se habían marchado y nosotros habíamos envejecido conscientes de que ya poco nos quedaba por hacer, con la gran pregunta en nuestras mentes ¿Había valido la pena tanto esfuerzo? todo lo demás se quedaba en la tierra, lo comprendí cuando después de su entierro, al entrar en casa, el silencio evidenció sus cosas… Y parte de mí se fue con ella.

         Un día escribí una carta a su casa del cielo y se la leí en voz alta para que le llegase de mi corazón al suyo. “Adiós mi amor, voy a echarte de menos, la soledad ha inundado mi corazón y la tristeza ya es mi amiga. No me gusta estar lejos de ti; sin poder sentir tu voz cerca de mí, sin poder ver aquella sonrisa que irradiaba tú cara. Espero con ansia el día de mi muerte, la verdad es lo único que realmente me importa y si fuera más valiente ya estaría junto a ti.

         Nunca te olvidare porque sé que vives en mi pensamiento.

         Te Quiero,

                                                                  Juan”

         Siento que mi alma ha envejecido; cada día que pasa el pánico a la muerte se acrecienta.  He leído mucho sobre ella, sobre todo desde que murió Marisa; buscaba una certeza, un posible reencuentro, tranquilizar mi alma…A veces siento impotencia, la muerte me ha quitado demasiados amigos, familiares… es tan neutral…  a veces le grito ¡crees que te tengo miedo!  La locura de la vejez…Hace unos días que me parece que Marisa esta por casa; veo su sombra, huelo su perfume, destellos de luz. Los médicos ya hablan de principios de enfermedades del olvido y yo solo pienso en ella, y a veces me parece oírla. “Ven ¿A qué esperas?

         Miro hacia el sofá y me veo allí sentado, mi cuerpo está muerto… una caricia suave juega con mi mano, me giro hacia ella y por fin la veo, es Marisa. Me habla sin hablar, “cógete a mí que vamos a volar” El escenario cambia; ya no estoy en casa, ni en el pueblo, ni en la tierra. Junto con otros, volamos hacia esa luz de la que tanto he leído o he oído hablar, no tengo miedo, ella está conmigo.  “¿Cómo será ese lugar?”

         -” Inimaginable”-Contesta Marisa

         La ancianidad se desvanece, cada vez volamos más rápido y rompemos la velocidad del sonido, atravesamos la luz y lo que me encuentro allí es sin duda un lugar donde las palabras felices se quedan cortas.

    

                                                                                          Juan

08/012/2026

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