El sonido lejano de la melancolía le recuerda un anhelo, sin nombre, de un pueblo que deambula en busca de una libertad que tuvo ansia de recuperar. Entre el caminaba un viejo campesino con su pequeño nieto, al que agarraba como aquel que no tiene nada. El niño, desorientado, miraba a su abuelo con tristeza pues los cuentos se desvanecían y lo sueños del anciano morían. Andaban entre la gente por un camino que cruzaba un bosque. Las ninfas de otros tiempos los observaban, sabían qué pasaba; la guerra también había destruido su bosque. Miraban impotentes a los sin esperanza, sin saber cómo ayudarlos, cuando ellas también eran desterrados de sus casas. El niño vio una ninfa y sonrió. El abuelo se dio cuento y miró. Y sin saber por qué pudo verla, tal vez porque necesitaba un poco de aire. La ninfa lloró, el abuelo también y el niño se entristeció. Dejaron de caminar y sus miradas se cruzaron. Sentían el desgarro de la guerra. Los tres sabían que andarían por la senda de la vida sin nada calculado. El anciano se encontraba demasiado viejo, el niño demasiado niño y la ninfa demasiada ninfa para enfrentarse a los destrozos de la locura de los humanos. Sus mundos se unieron. Sus maletas indicaban el rumbo. Y el vuelo de esperanza de las ninfas se unió al vuelo de los sin esperanza que caminaban hacia un lugar seguro. Los humanos que andaban sintieron la calma y un pequeño optimismo les dio fuerzas para continuar hacia un destino final, que solo forjaron, los innumerables caminos que se encontraron en su andar.
28/01/2026
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La página que sigue a Melancolía es: Crónica de una justa