La lejanía de la felicidad

Hola Cris:

                   Supongo que desde nuestro último encuentro ya no esperabas nada de mí. ¡Qué hice! Perdón…  ¿Cómo pude sospechar de ti?  Me siento culpable. Perdón… otra vez.

         Hace dos semanas que disfruto de una soledad liberadora. David está en Madrid en un curso de trabajo y volverá demasiado pronto. Sabes, necesitaba que él se marchara, tenía que decidirme, no soportaba que nuestra amistad se truncara por su culpa… aunque tal vez era mía… desde luego tuya no.

         He encontrado un trabajo lejos de aquí, comienzo el lunes. David cuando vuelva del viaje, tan solo encontrara sus pertenencias empaquetadas en la puerta del garaje. Es mí forma de ajusticiarlo, aunque no sé de dónde ha conseguido la fuerza y autoestima necesaria para escapar, ¿o sí? Todos los días desde que tuvimos nuestra discusión, me levantaba de la cama con tus palabras grabadas en mis pensamientos, una predicción clara del futuro que me esperaba… Te quiero, ahora comprendo tu preocupación, pues fue acertada.

         Desde que me quedé sin trabajo, él consiguió dominar mi mundo, aunque con la suficiente reflexión de nuestra convivencia, me di cuenta que siempre pudo dictar sus normas, lo que ocurrió es que, con el tiempo, él, se creyó su papel de pequeño dictador, tanto, que en la última Navidad empezó a pegarme. No quise creer que me había equivocado y en vez de marcharme o denunciarlo, me convertí en una criada sumisa a su voluntad. Me doblegué ante el miedo, la tortura y el silencio. El monstruo con el que vivía era una sombra que me decía que el Sol había dejado de existir y durante un tiempo me lo creí. Andaba por el mundo como un pequeño insecto, asustada, esquivando cualquier conocido; en un intento de diluir la atroz pesadilla en la que había tropezado. Tan solo quería sobrevivir y el precio fue demasiado escandaloso como para soportarlo. Te perdí a ti, a mis conocidos, a mi familia, mis aficiones, la verdad es que dejé mi vida entera por él y en estos últimos meses su nombre significaba terror.

         No sé cómo pude acusarte de envidiosa… lo siento, dudé de tu honestidad, de tu intuición… si te hubiera escuchado… si no me hubiera cegado… Ahora sería diferente y no tendría un brazo roto, la cara llena de moratones y dos lesiones en las costillas que siempre me recordaran su existencia. Si té hubiera creído ahora podría disfrutar de tu sonrisa, tu sinceridad y de tu fuerza. Lo siento, sé que lloraste, yo también, pero agradezco tu último esfuerzo humilde y generoso, ¿te acuerdas del número de teléfono que me diste antes de separarnos? Te dije que lo que lo rompería, pero lo guardé en el único escondite que nunca estuvo a su alcance, tú ya sabes cuál y él nunca lo encontró. Lo hice guiada por mi inconsciente, en aquella época de lo único que tenía miedo eran de sus celos y tu gestó me ha salvado de una dolorosa muerte. Les llamé hace unos meses, y con los voluntarios que encontré detrás de la línea trazamos la huida. Me ayudaron a vender la casa, a tramitar los papeles del notario, el divorcio exprés y demás caminos burocráticos.

Me consiguieron entrevistas de trabajo, me ayudaron con la mudanza y ayer vacíe las cuentas del banco.

         Te escribo desde un aeropuerto, como comprenderás no puedo decirte a donde voy, no quisiera comprometerte, no te preocupes, cuando la línea del futuro se convierta en un prudente pasado, nos volveremos a encontrar en alguna ciudad: para volver a reír, sentir y compartir nuestros mundos. Hasta entonces nunca dejaré de recordar los veranos que compartimos desde nuestra infancia, nunca permitiré que nuestra amistad se diluya entre las tormentas del pasado.

                   Por siempre,

                                                                  Alba

05/04/2026

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La página que sigue a La lejanía de la felicidad continuará la próxima semana…