Eleonor buscaba su ardilla en el interior de su alma. Solía esconderse cuando aparecía la depresión, en las entradas al trabajo que tanto odiaba o en el constante dolor de huesos que a veces no le dejaba ni pensar.
La pequeña saltarina se dedicaba a recoger los recuerdos de Eleonor en forma de nueces y las que más saboreaba eran las de paz, pero también disfrutaba con las de placer, las de gozo, las de amor, las de amistad, las de tranquilidad… Nueces intensas que conseguían que el tiempo se diluyera en un eterno segundo, donde la felicidad no huía de la realidad.
Eleonor sentía que la edad comía los minutos del tablero del juego. Supo que cada movimiento, pensamiento o hecho se componían de oportunidades únicas. Por otra parte, aceptaba que su ardilla desapareciera cuando la inevitable vida le presentaba algún cuadro demasiado desagradable. Hacía muchos años que la enfermedad vivía dentro de ella, sufría una artritis reumática desde los veinticuatro años y desde entonces el dolor le acompañaba siempre. Los primeros seis meses no pudo salir de la cama, su pareja aparte de trabajar, con horas extras incluidas, tuvo que cuidar de ella, eran tiempos de nueces amargas. Poco a poco y con mucha medicación, pudo ver a la ardilla, a pesar que era muy fugaz. La intensidad del dolor; como una marea, subió y bajó volvió a subir y a bajar otra vez y así durante unos cuantos años. Hasta entonces no había aprendido de su ardilla, no sabía por qué aparecía y después se esfumaba. Cada vez que la marea de sentidos subía era la guerra, quería huir del dolor, desaparecer, volatilizar la conciencia, tenía miedo a que la tristeza fulminara su ardilla. Pasaba de la depresión a la alegría y de esta a la exasperación.
Con el tiempo los intervalos dolorosos se fueron espaciando, pero cuando se presentaban de nuevo, eran golpes de martillo en su mente, pues ya no los esperaba. Cuando notaba que el dolor atacaba de nuevo, ella tan solo se dejaba consumir por la paralización, el miedo a un brote, el mal humor, la frustración y una extraña sensación de que había sido vencida. El dolor la encerraba en su particular capsula eterna donde las sombras se apoderaban de su existencia, el desánimo la recluía a la cama y la falta de lucha la hundía en un mundo ficticio melancólico.
Era entonces cuando la desesperación empujaba a Eleonor a buscar su ardilla, era en ese mismo instante cuando entre lágrimas le decía a su mente, que no existía el dolor, no existía… que era la nada, que sus huesos no se doblegan ante él, que no le dejaría volver a la cárcel de la soledad, que nunca le dejaría ganar la guerra… Nunca.
Eleonor comenzó a encontrar pequeñas nueces en el camino, descubrió música, buscó libros que pesaran poco, disfrutó de la convivencia de su pareja y sus dos gatas, se maravilló cuanto empezaron a brotar las flores en su jardín y entre los matorrales vio la esperada, su ardilla recogiendo nueces. Eleonor sonrío, se sintió tranquila, el invierno se había ido y la primavera- verano venía cargadas de esperanza, la ardilla empezó a recolectar y almacenar los deseos. Como ya dice la sabiduría popular el dolor de reuma siempre viene con los cambios de tiempo; lluvia, y frío, pero con las estaciones más calurosas este se retiraba. Habían pasado diez años de primer brote y Eleonor vivía a la inercia de la enfermedad, sí, luchaba, pero ¿qué había cambiado en su vida? se asustó, como cada vez que se daba cuenta que vivía forzada por el ritmo de la sociedad, tenía miedo de perder lo que había conseguido, aquella lucha estéril que llamamos el trabajo de nuestra vida. Desde que había decidido volver a trabajar, después del episodio de dolor, no quería dejar esta carga solo a su pareja. ¿Qué precio había pagado? Cuando terminó de pagar la hipoteca sintió que se liberaba, ya no quedaban deudas y aunque podía elegir entre el ritmo trepidante de su vida donde el estrés le comía los huesos o la tranquilidad de ser ama de casa, no se atrevía ni se lo había planteado, pero ya no existía la necesidad de tener dos sueldos en casa. Así que decidió coger una baja, descansar de un trabajo que le gustaba porqué siempre aprendía algo cada día, pero el coste era demasiado alto. De hecho, su ardilla solo aparecía cuando la sabiduría se acercaba y la esperaba a la salida del trabajo. Llegó a casa, desconectó los teléfonos y comenzaron los paseos por el pueblo en el que vivía, las lecturas de libros a medio terminar, la música, la escritura, la familia y poco a poco comenzó a sentirse bien, su ardilla había vuelto y esta vez no estaba dispuesta a que se marchara. Sabía que la ardilla era felicidad, pero desaparecía demasiadas veces. No solo la tristeza o los combates la ahuyentaban, también sus miedos y en el año dos mil siete al terminar la baja voluntaria, se dirijo a su jefe de entonces y le dijo que abandonaba, ya no podía hacer aquel trabajo, era nocivo para ella. Al salir del local la ardilla la acompañaba saltando, como si fuera de rama en rama.
Estuvo un tiempo tranquila, la recuperación de tantos años de lucha no fue ni uno ni dos meses, más bien fueron cinco años, en esa época se encontró a sí misma, pero con la sensación que le hacía falta algo en su vida, pero esta vez la ardilla no tenía la respuesta. Su suegro murió dos años más tarde y Eleonor que a pesar de estar triste su ardilla no se alejaba mucho, fue cuando se dio cuenta de que había perdido mucho tiempo ¿Qué te llevas al otro mundo? En este se lucha, por una casa, un coche, comida, accesorios… ¿Y para el otro porque luchas? Conocimiento… Sí, esa era la respuesta, la ardilla brilló. Se había quedado estancada en su libro de cuentos, sabía que fallaba en gramática, puntuación y algo de ortografía, tenía que aprender y no malgastaba el tiempo cuando estudiaba cualquier cosa, al contrario, este conocimiento se lo llevaba a la tumba.
15/03/2026
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La página que sigue a la ardilla continuará la próxima semana…