Entre las miradas sospechosas de los clientes que se cruzaban en la taberna se comentaban los últimos rumores del día. Era una vieja costumbre que se practicaba desde hacía siglos en aquel pequeño pueblo de la costa. Tal vez era debido a las numerosas batallas y abusos que habían sufrido. Por entonces los tiempos no eran muy diferentes a los anteriores, ya que a la hora de hablar se debía de ir con mucho cuidado. Aunque aquel día era demasiada sabrosa la noticia para ir callando.
- Oye, lo has oído- dijo uno a su compañero
- Sí, pero baja la voz si no quieres que nos encierren.
- Quien lo iba a decir que Faleg aparecería en la playa.
- Solo es un signo dibujado en la arena, estáis exagerando.
- ¡Exagerando! Vamos, hombre, dime ¿Quién se iba a atrever a hacerlo, además la playa está muy vigilada por lo de los contrabandistas? Si alguien hubiera rondado por allí lo habían visto, seguro.
El símbolo pagano de Faleg, el ángel de Marte había aparecido en la playa como surgido del silencio de un hechizo. Nadie de la taberna había pensado en aquella muchacha que vivía en la casa de las afueras, era capaz de desafiar a toda una patrulla para dibujar un sello en la arena.
Al oír la noticia su madre la miró acusándola y ella traviesa cogió el cántaro para ir a buscar agua y escapar de la posible reprimenda de su madre. Si… ella ya sabía el discurso “Ten cuidado, nadie ha de saber tus secretos porque traicionarías la seguridad de tu familia. Ahora más que nunca con los inquisidores. Disfrutas de un don que pocas familias pueden alcanzar y no es para ir jugando por la playa, sino para beneficiar a los demás”
A llegar al pueblo tuvo un mal presagio. Ya estaba llegando a la plaza cuando oyó unos gritos que surgían de la casa del herrero y vio la carreta con los soldados. Ella sabía que esa escena solo podía significar una cosa en esos tiempos y es que los habían acusado de brujería.
La Fe a su Dios se había convertido en un fanatismo desmesurado. Se sintió culpable al pensar que su travesura podía ser la causa. Quiso gritar y decirles que estaban equivocados, que la magia servía para ayudarles a ellos, en la enfermedad con las hierbas, en las estaciones con los espíritus y en la adversidad con fortaleza. Como su abuelo le había contado tantas veces en las escapadas que hacían a luna llena para buscar hierbas mágicas. Quiso llorar y patalear para que escucharan lo que quería decir. Pero no lo hizo porque sabía que con su fe no atenderían ha razones, marchándose resignada hacia la fuente para llenar sus cantaros. Los muchachos y muchachas de su edad paseaban por el pueblo emulando a los héroes románticos del teatro. Ella se los quedó mirando. Le gustaría ser como ellos, pero a la vez no le atraía la idea. Tal vez lo que más le molestaba en su condición de aprendiz de saber druida, era la soledad. Al terminar de llenar los cantaros cogió el camino hacia casa por el bosque encantado, aunque ella había descubierto que no era tal, seguía atravesándolo por si acaso se le había pasado por alto, pero no surgió nada que ver, nada tenía una chispa de alta magia. A punto de llegar a su casa oyó gritos y supo cuál era su presentimiento al ver el carro de los guardianes. Tiro los cantaros al suelo y comenzó a correr hacia su casa, solo pensaba en sus padres. “seguro que había sido el nuevo ayudante de papá con su religiosidad al Dios de los Inquisidores”. Tropezó con una rama baja de un árbol. Se levanto y volvió a tropezar en unos metros. El bosque se cerraba delante de ella sin dejarle un camino de paso.
- No insistas. No hay nada que hacer
Se giró hacia el lugar de donde procedía la voz y vio la silueta espiritual de su abuelo, los árboles le sonreían y un hada de luz blanca la abrazaba con amor. Volvió a girarse hacia la casa como despidiéndose de su madre, ella sabría que estaría bien. Y se adentró en el bosque para aprender y esperar que los malos tiempos para la magia pasasen a la historia.
01/03/2026
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