El último esfuerzo había sido en vano, el cansancio marcó su límite y moldeó las sensaciones de la inconsciencia y vacilación. Me sentía atrapada por la oscuridad y el suelo de piedra donde me hallaba sentada rezumaba humedad. El frío se regodeaba en los huesos; temblaba, sin acertar a pensar en cualquier idea válida. Tan solo una cadena de palabras retumbaba en mi mente, en un intento de resolver el acertijo. ¿Dónde estaba? Sentía que mi memoria se hallaba rota. Cualquier propósito por llegar a los acontecimientos pasados era bloqueado por tremendos dolores de cabeza y estos asfixiaban mi yo interno, donde perdía mi identidad hasta volver a las cadenas de palabras sin sentido. En mi reloj interno habían desaparecido lo segundos, ya no sabía si el día visitaba el lugar pues tan solo alcanzaba ver la negrura que me rodeaba. Cerré los ojos y sin más me quedé dormida. Desperté y seguía la noche. Volví a dormir y volví a despertar. La sed agrietaba los labios, era la única evidencia que me envolvía y tenía la certeza de que, si seguía allí, la muerte no tardaría en alcanzarme. Los sentimientos se agolpaban en mis entrañas sin encontrar las palabras para expresarlos, eran como desconocidos sentados en mi salón. Alcé la cabeza y vi un pequeño punto de luz, fue cuando me percaté de que no me hallaba bajo techo, sino debajo de una noche estrellada acompañada de la tenue luz de media luna. Esto es lo que dejaba ver desde el lugar dónde estaba ¡era un pozo y a un salto se hallaba una cuerda! ¿Qué hacer? ¿Tendría la fuerza suficiente? ¿Me estarían buscando? La realidad pesaba, el instinto se agudizaba, el hambre se despertaba y la sed comía los labios. Entre los dolores provocados por la humedad me levanté y di los primeros saltos, pero no alcancé la cuerda. Volvía a saltar y, cuando no pude más, me dormí y primera vez en mucho tiempo soñé. Estaba ante el mar, en las playas de mi infancia, en el recuerdo de un tiempo sin miedos, cuando corría por las salvajes playas del Delta del Ebro y la vida de orilla me transmitía una paz que no sabía que pudiera perder con la madurez. Cuando desperté recogí la sensación y la transformé en un salto con ella, y conseguí agarrarme a la cuerda. A partir de allí solo recuerdo la batalla y el cansancio que apartaban el tímido monólogo interior del pasado. Quería ver la luna, quería acariciar las estrellas, quería su serenidad. A medida que subía por la cuerda apoyándome a la pared del pozo, oía a lo lejos ruidos ininteligibles, pero coda vez eran más claros: algunos desgarrados, otros transmitían alegría, era como si el mundo rodara y yo hubiese caído de él. Los sonidos me daban fuerzas para seguir; salía de la más absoluta oscuridad para curiosear lo que había tras el pozo y sin saber cómo, subía, todo era esfuerzo, sudor, sangre en las manos y la luna cada vez más cerca… No podía dormir, no podía parar, si lo hacía volvería a caer; si miraba abajo no veía nada; si miraba arriba veía las estrellas. Seguí y seguí hasta que mi mano dio con el borde plano del pozo, me agarré a la cuerda y, arrastrándome, salí de él. La serenidad se respiraba en el valle; este se hallaba repleto de pozos; de algunos salían personas; de otros se oían voces que pedían auxilio; en otros se veía a gente caer. ¿Cuándo caí? No lo recuerdo. Se veían seres de luz que tiraban cuerdas a los pozos, otros las sujetaban, otros llamaban a los dormidos… no recuerdo haberlos oído. A mi lado había un ángel con una suave sonrisa de felicidad. No dijo nada, me envolvió con una manta y empezamos a caminar. “¿Estoy muerta?”- pensé- Pero el ángel movió la cabeza diciéndome que no ¿Entonces? “Mira”-me dijo y señalaba al fondo del valle… Se veía el mar. Sentí alegría, hambre, sed, vida y comprendí…
09/03/2026
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La página que sigue a El Valle es: No me atrevía a soñar…