El roble que habitaba en las tierras del Tío Benito rugió una noche de verano, con el que despertó a toda la vecindad. En un principio nadie sabía a qué se debía, hasta que Benito, casi desnudo, con la cara enrojecida y tropezando con cualquier cosa, salió de la casa e increpó al árbol por armar semejante escándalo en mitad de la noche.
El alma del árbol, a quien las más antiguas leyendas que por aquello territorios circulaban lo llamaban Pequeñín, escucho con paciencia los gritos de aquel que él consideraba su vecino y que al igual que su padre, su abuelo, su bisabuelo y demás ascendientes que había conocido, sufrían de un mal carácter genético y espumoso que se perdía en lo que contaba el reloj sesenta tics-tacs.
Los demás vecinos, al darse cuenta de que tan solo se trataba de otra de las disputas entre los personajes más peculiares del pueblo, se retiraron de la calle para retomar el sueño interrumpido, sin preocuparse demasiado por el desenlace, pues la experiencia les anunciaba que la pelea podría alargarse varias horas.
El Tío Benito había heredado de sus ancestros la capacidad de entender el lenguaje de los árboles, y lo que para los lugareños no era más que un sonido ayudado por el viento, para él era una voz que entendía con demasiada precisión.
El motivo de la disputa era, como siempre, el reparto del agua. Era verano con días de 45 grados al sol; el río que bañaba esas tierras bajaba casi seco y aquella mañana Benito no había respetado el pacto y no era la primera vez. Así mientras Pequeñín luchaba contra la sed con su vida, él tenía el huerto más esplendoroso del lugar.
Aquella pelea hubiera sido una de tantas, si Benito no hubiera enviudado, pues su difunta esposa, se había convertido en vida en la mejor mediadora entre ellos, pero a pesar de la promesa que los dos le habían hecho el día de su muerte, aquella noche las habituales amenazas subieron de tono. Así que mientras Benito, juraba con llamar a los cortadores de árboles de la ciudad de las almas grises, para convertirlo en mesas de despacho, Pequeñín maquinaba su venganza.
La consecuencia de aquella fatídica justa, fue el comienzo de una guerra por el agua del pozo. A veces, era Pequeñín quien se abastecía más del cupo establecido y así, fastidiaba las lechugas del huerto; por otra parte, Benito por las noches preparaba un sistema de riego, en el que incluía hormigón, tuberías y demás para acaparar toda el agua posible.
Según las crónicas populares, confeccionadas entre los bancos del parque, el pueblo, atónito por presenciar la más larga batalla vista por aquellos paramos, se hallaba expectante ante el desenlace. Pequeñín había conseguido pactar con toda clase de fauna para que atacasen el huerto del Tío Benito y los esfuerzos de este por regarlo no habían servido para salvarlo de la muerte.
Después del verano, ya se sabe, comienzan las lluvias torrenciales, que por aquella zona desprovistas de bosques solía ser habitual que cayeran con cierta abundancia y precisión. En una noche en que la tormenta era especialmente virulenta, Pequeñín aprovechó la tierra enfangada para remover sus raíces y dirigirlas hacia la casa de Benito, con la más vil de las intenciones: echarla abajo y deshacerse de aquel incómodo vecino. El Tío Benito, al notar el pequeño terremoto localizado en su casa, no dudó de la autoría del culpable y, sin pensar, cogió el hacha, salió de la casa como pudo y fue directo hacia el roble con la intención de echarlo abajo. Pero, en el momento en que la alzaba para cometer un asesinato, que ya hacía días que rondaba por su cabeza, un rayo atraído por Pequeñín fulminó a Benito y prendió fuego al árbol.
En las crónicas con aroma de café, se relataba que de Benito no se encontró ni el polvo, pero en la primavera siguiente a los hechos, de lo poco que quedaba del roble empezaron a brotar ramas tremendamente sanas. Desde entonces nadie se atreve a molestarlo, ni a él ni al infantil bosque que se está apoderando de la antigua finca de Benito, con huerto incluido.
8/02/2026
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La página que sigue a Crónica de una justa es: Monologo