Transcurrían los últimos días del mes de agosto, llegaba el final de mis vacaciones y no quería volver a la gran ciudad sin antes pasar por algún valle del Pirineo. Ese año elegí un paraje natural y protegido por el Estado, pero poco visitado, ya que su red de refugios todavía es escasa y los pueblos de la zona están casi todos abandonados. Pocos hoteles e inexistentes casas rurales que me ofrecían el aliciente suficiente para no confrontar aún con la masa humana.
Pude plantar mi pequeña tienda en un tranquilo camping de montaña. Casi no había turistas, aunque sería injusto llamarles así, más bien eran montañeros y amantes de la naturaleza que descansaban a la falda de un extenso valle. Mi primera noche, mientras el frío me dejó, disfruté de la observación de las estrellas y de un cielo claro donde las pocas luces del pueblo no ocultaban la belleza de la oscuridad, mientras las aves nocturnas elevaban su canto poco a poco me dormí entre el silencio que me ofrecía la noche.
Antes de que los primeros rayos del sol llegasen al fondo de la vaguada ya tenía preparada mi mochila, estaba excitado ¿Qué me enseñaría el día? Eran las siete de la mañana cuando salí en busca del camino principal, quería aprovechar las horas más frescas para subir los mil doscientos metros de desnivel que me separaban de las extensas praderas de alta montaña, subía con la esperanza de observar rebecos, marmotas, águilas, ardillas o cualquier otro animal salvaje que se dejase fotografiar.
Tras unas cuantas horas de esfuerzos y haber ganado unos mil metros de altura, el camino me adentró en un espectacular bosque formado de milenarias hayas, algunas de las cuales se necesitaría rodear con más de una persona para formar un círculo alrededor suyo. A otras lo difícil era concebir su altura, se amontonaban unas a otras, en esa guerra silenciosa y paciente en que siempre se anda enzarzado el mundo vegetal y cuya única recompensa es la preciada luz del sol. Tenía la sensación de encontrarme dentro de un cuento de hadas, el musgo cubría la mayor parte de las piedras y se entrelazaba en los troncos de los árboles. Había tanta humedad que las setas de variadas clases, muchas desconocidas para mí, emergían de cualquier lugar, solo le hacía falta el gnomo.
Debían ser las once de la mañana cuando me encontré con una bifurcación, por la derecha debíamos seguir los excursionistas que visitábamos el parque, por la izquierda había un cartel que decía “Área restringida, solo acceso a personal autorizado”. Unos chillidos de niños subían el camino, sabía que significaba, pradera llena de gritos, lloros y exigencias. En esos momentos solo me apetecía tranquilidad y no encontrarme con algún cargamento de autobús de cercanías. Así que sin pensarlo mucho seguí por la senda prohibida.
Me encontré con un fuerte desnivel que terminaba en una modesta faja, la cruzaba un riachuelo, que más abajo se convertía en una espectacular cascada. Pensé que era perfecto para descansar y reponer fuerzas. Así que me recosté a la sombra de una antigua haya para escuchar, oler y aspirar el embrujo de la soledad.
Una ardilla corría entre las ramas en busca de los pinos negros. Me quedé embobado mientras la observaba y sin más oí un crack. En principio creí que había sido el viento, pero un olor extraño se coló por mis fosas nasales. No lo identifique, sabía que no era de ningún rebeco y tampoco parecía de un animal conocido. Otro crujido me puso en alerta. Sonaba y tampoco parecía de un jabalí. Un tercer crujido me puso en alerta. Sonaba cerca, demasiado. Permanecí quieto. Entonces me di cuenta que había cometido un error imperdonable ¡Me había puesto colonia! Cualquier bestia podía detectarla desde una larga distancia, así que si sabía que yo estaba allí y no me había evitado cabía la posibilidad de que un depredador estuviera al acecho ¿Un oso? Me sentía observado, tenía la certeza de que él controlaba mi posición. Su olor cada vez era más fuerte, o sea se acercaba. En esos momentos dominados por una subida de adrenalina decidí moverme a la dirección que me indicaba mi nariz. Si tenía que morir de un zarpazo sería en la batalla. Él también se movió, fue cuando lo vi.
Me encontré con un ser de mirada humanizada. El animal estaba subido a un árbol, agarrado con unas eficaces garras a una enorme rama. Medía unos dos metros de altura, y debía pesar unos dos cientos cuarenta kilos. No se le veía la piel, estaba cubierto por un denso pelaje gris-marrón que se confundía con el entorno. No tenía actitud agresiva, más bien curiosa, nos escudriñamos con la misma intención de descubrirnos, pero ni él ni yo mismo nos atrevíamos a acortar la distancia que nos separaba. Al cabo de unos minutos debió de perder el interés o tal vez supo que no constituía ninguna amenaza para su vida. Pues, empezó a trepar por la haya, aunque de reojo seguía mis movimientos, fue el momento en que aproveche para sacar mi cámara, como no, e inmortalizar encuentro. Él ni se inmuto, siguió moviéndose por aquel trocito de naturaleza con agilidad pasmosa hasta que le perdí de vista.
Cuando reaccione, el júbilo me aprisionó, tenía en mis manos la prueba irrefutable de un gran descubrimiento. Algo parecido a un yeti vivía en los Pirineos, me haría famoso. Cogí mi mochila y empecé a desandar el camino. Tenía tanta prisa por contar al mundo lo que había observado.
Cuando estaba a punto de llegar la ruta principal, el olor a orín humano despertó mis primeras dudas. De pronto me encontraba con un bosque embrutecido por los pocos excursionistas que llegaban a aquel rincón del mundo. Mi especie con su escaso respeto a la quietud: espantaba los pájaros, las ardillas y cualquier animal salvaje que vivía en aquel valle. No pude evitar sentarme a observar los humanos que paseaban cerca del río que discurría por aquellos caminos. El pequeño espectáculo estaba servido, desde el dominguero al alpinista, desde el amante de la naturaleza al deportista que debe batir algún récord. Por no contar que muchos viajaban con sus perros, algunos de razas adaptadas a la montaña, pero también algún que otro yorsay.
Seguí la bajada y poco a poco mientras el bosque abrupto terminaba y se abría a la pradera volvió la duda ¿era correcto enseñarle a una especie depredadora la existencia de un tranquilo ser que no me había causado ningún daño? No me quise responder.
Llegué a la explanada, la corta hierba que regaba los aspersores del restaurante del parque, se ofrecía como un manto de descanso, eran las cinco de la tarde y varias familias aprovechaban las sombras de algún castaño para acabar de pasar el día. Los niños correteaban a sus anchas, pero me llamó la atención uno, que se dedicaba a perseguir con un bote de vidrio las pequeñas mariposas blancas de pradera. Recé para que no consiguiera capturar ninguna y volví a mirar la fotografía. ¡Qué ingenua era su mirada! Recapacite, hasta ese momento no había querido admitir el motivo que tenían los forestales para prohibir el paso en una zona de alta montaña- ¿Qué es un forestal? Nada más que un amante profesional de la naturaleza. Ellos lo sabían y lo ocultaban. Volví a mirarlo, mientras el niño conseguía apresar una frágil mariposa y la encerraba en la prisión de cristal, la imagen del ser desaparecía de la memoria de mi cámara digital.
28/01/2026
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