AQUA

Las nueve:

Las burbujas que acompañan a la caída, me revela que ya he entrado en el mundo artificial del silencio. Una piscina municipal, solitaria, en una mañana de algún día, se convierte en una composición que consigue acallar con su quietud el pasado. Sacar la cabeza de dentro del agua y respirar, es… ese acto de pura y extrema supervivencia, cuando lo único que ansío en ese instante, es… seguir al escape de las reflexiones y poder sentir que el tiempo se alarga en el dulce y aparente frágil elemento.

Sin ningún guion estalla la batalla, el cuerpo físico lucha en ese falso territorio que ocupa un carril de la piscina, quiero correr, casi volar, me domina el transparente instinto de querer someter el medio. La mente, tan solo quiere dejarse llevar por el placer de la movilidad y no puedo evitar el anhelo de convertirlo en la simple eternidad. Mi mundo cambia de perspectiva, no me asusto,

no tengo miedo, solo nado, descargo en el agua mis enfados y cuando la lucha llega a su fin construyo los sueños.

         El avance imposible del cansancio propone el fin de mi libertad. No importa, estoy en esa fase del ejercicio diario en que lo único que me apetece es jugar. Me sumerjo, pongo a prueba mis pulmones, doy volteretas, nado hacia el fondo e incluso, a veces, persigo las burbujas. No quiero salir, si pudiera sobrevivir en el mar jamás volvería a tocar la tierra.

Las diez:

       El monitor ya está preparado, me espera a la puerta de mi infierno. Mientras me ayuda a subir, intenta esbozar una sonrisa, pero ya sabe que no me gusta que finja. Me ayuda en el momento más duro del día, en el que vuelvo a dejar que una silla de ruedas me transporte.  Cuando oigo como mi peso cae en el asiento, se hunde con él mi esencia. Aquella sensación de bienestar que me envolvía en el agua se evade a medida que me alejan de mi soñado líquido azul. Es como si una penumbra ocultara los espíritus de la belleza.

         Las cuatro:

         En más de una ocasión, por puro aburrimiento, me pongo a contar las veces que mi fisioterapeuta alza mis piernas. Cuando logro ver su rutina, me doy cuenta, que es el único momento del día en que tengo la certeza de que alguien toca mis extremidades, pero no logro captar ninguna sensación y no puedo evitar sentirme muerta, pues, las ilusiones, los sueños y los deseos ya no existen. El presente se convierte en una mezcla de agradecimiento y dejadez. Sé, que no le importo a nadie, la piedad de las personas que me ayudan en mí día a día, desliza la verdad de lo que siento. Me pregunto sin cesar ¿Cuándo volveré a sentirme viva?

         Las seis:

         Mi vecina toca el piano y hoy practica una melodía de Beethoven. Su música, entra en mi casa por el fino tabique que separa nuestros dos mundos, y si no fuera atea creería que sus compases, son un delirio que evoca a Dios. Cierro los ojos, el corazón se acelera, el consciente olvida la existencia de mi prisión, dejo que las notas traspasen los sentidos, como si se tratara de un espanta soledades que me dejan entrar en éxtasis y por fin recuerdo que soy algo más que una paralítica.

         Las diez:

         Vuelvo a estar en la cama, quiero dormir, pero no logro alcanzar el sueño, los nervios me corroen, solo anhelo que la noche transcurra veloz, no soporto tener tanto insomnio la desesperanza me visita cada vez que noto como transcurren los minutos. Cuento ovejas, elijo lo que quiero soñar, intento leer, escuchar música, ver programas de televisión somníferos… Pero la intranquilidad se instala en mi habitación y todos los intentos para entrar en el coma diario fallan. Reflexiono, sé que si no logro dormir unas horas no podré llegar al objeto de mi deseo. Tengo tanta prisa que vuelva a ser mañana, que solo logro apaciguarme cuando dejo que mi imaginación se adueñe de la realidad, y llegó al convencimiento de que soy un delfín que nada en el más absoluto mar abierto.

11/04/2026

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